Perversiones innatas

Desde el despertar de mi deseo sexual siempre me sentí distinta a todas. Yo no era una más. Hablaba con mis amigas y siempre alguna se horrorizaba cuando me escuchaba. Me miraban de manera extraña y era muy común escuchar "Vos estás loca!". Tantas veces me lo dijeron que en algún momento empecé a preguntarme si yo era una mujer normal. Llegué a la conclusión de que mis gustos por la diversidad en el sexo y mi fanatismo incondicional por los hombres y sus más bajos instintos, no me hacían anormal sino una mujer capaz de cumplir con todos los deseos y fantasías más perversas de ellos y, poder así, disfrutar de cada uno dejándoles claro que conmigo podían TODO.
En estas épocas, donde ser hombre ya casi es violencia de género para algunas, me siento del lado de ellos más que nunca. Quizás debí haber nacido en la época de mi abuela donde las mujeres vivíamos a disposición de los hombres. Atendíamos la casa, los hijos, no manejábamos dinero y teníamos que abrir las piernas cuando se les cantara la pija. Simplemente porque ustedes son hombres y si tienen ganas de coger, nada importa si nosotras no. Eso pasaba. Eso es historia de muchas mujeres de 70 u 80 años. Alguna mujer que esté leyendo este post dirá que soy una hija de puta retrógrada, pero yo hubiera hecho feliz ese papel de mujer a disposición de mi hombre. Si yo hubiera vivido aquella época hubiera tenido a mi lado al hombre más feliz y bien cogido del planeta. Porque hoy, en 2020, me encanta halagarlos. Me encanta hacerlos sentir superiores. Y no de la boca para afuera y porque me guste quedar bien con ustedes.Para mí los hombres son superiores en todo. Mucho más en materia de sexo. Ustedes penetran en nosotras y nos poseen. Nosotras nos abrimos de piernas, hacia arriba o en cuatro patas para que ustedes se metan adentro y nos hagan sentir con eso, que son ustedes los que mandan, los que poseen, los que violentan el interior de nuestro cuerpo...y ¡encima! nos dan placer con eso. ¿Cómo no los voy a sentir superiores si los hombres me han hecho sufrir pero también me han hecho, hasta llorar, de placer?. Me encanta sentirme poseída por un hombre que sea capaz de hacerme sentir toda la fuerza de su peso sobre mí. Me encanta sentirme sexualmente usada,manoseada y manipulada como un objeto. Me encanta que los hombres que me cogen nunca se olviden de mí y que cada vez que vuelva a su mente piensen "¡Qué hermosa puta Carolina!".

Una vez, hace algunos años, cuando las redes sociales no existían y tampoco sé si existían ya boliches swingers y demás lugares de descontrol; conocí por esas líneas de encuentros, las famosas 0600 que valían una fortuna y serían una especie de Tinder o Hppen de hoy, a un señor bastante mayor que yo. Comisario él. Casado y con hijos de mi edad. Era 1998 y yo tenía 21 años. Daniel, 49.
En esas épocas estaban bastante difíciles las citas a ciegas. Existían los teléfonos celulares pero no las fotografías ni el wsp. Y si hubieran existido, no estaban a mi alcance.
Trabajaba como vendedora en una perfumería durante todo el día para tratar de sostener mis gastos y darle una mano a mi abuela, porque como ya saben, viví con ella desde los 8 años cuando me rescató del horror.
Los llamados a las 0600 eran carísimos. Recuerdo haber gastado sueldos enteros en facturas. Llamaba todas las noches a partir de las doce desde mi cama y charlaba con un montón de hombres. Había salas de chat públicas y privadas. Podías elegir en cuál participar en el menú de entrada ni bien comenzaba la llamada. Siempre grababa mi presentación diciendo "Soy Carolina, la de los besos..." y esperaba a que me pidieran conversación y aceptaba de acuerdo a la voz y la presentación del otro participante. No me gustaban las salas de chat públicas porque ahí también participaban mujeres.
Así fue como una noche me crucé con Daniel. Pidió conversación privada y como su voz era absolutamente calienta concha, lo acepté.
Recuerdo haber hablado casi hasta el amanecer con él esa primera noche y también las siguientes.
No había posibilidad de vernos la cara como hay ahora a través de las redes. Daniel tenía una casilla de correo postal y allí le mandé tres fotos mías. Tardaron como diez días en llegar a sus manos. Hablábamos todas las noches pero siempre a través de la 0600. Él no me daba su número de teléfono y yo tampoco. Él porque era casado y además no me había dicho en qué zona era comisario, y yo porque vivía con mi abuela y si Daniel no confiaba en mí, yo tampoco iba a confiar en él.
Una noche que nos encontramos en la línea, Daniel me contó que ya tenía mis fotos en su poder.


  • Sos una muñeca, pendeja...
  • Gracias, pero no hace falta que me hagas cumplidos porque seguramente le decís lo mismo a todas.
  • Puede ser. Hay muchas mujeres hermosas. Pero quedé duro mirándote.
  • ¿Duro de abajo?
  • También...

La verdad es que estaba muerta por ese hombre. Sólo por escucharlo durante casi un mes. Horas y horas de charla, sexo telefónico y...


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